Todo parece indicar que el cine mexicano está de moda. Muchas son las
películas mexicanas que le han dado la vuelta al mundo en diversos
festivales. Al igual que en la teoría biológica, todo muestra que
estamos ante el nacimiento de una “generación espontánea”, pero
cinematográfica. De repente, los ojos de los espectadores extranjeros
fueron conquistados por los largometrajes mexicanos.
Es 2005. Carlos Reygadas compite por la Palma de Oro en Cannes con su segundo largometraje Batalla en el cielo al mismo tiempo que Sangre, la ópera prima de Amat Escalante, se presenta en la sección Un certain regard.
En el mismo festival hay dos largometrajes nacionales en selección y
una veintena de películas mexicanas presentadas fuera de competencia.
Por su lado, la sección Cannes Classic muestra versiones restauradas de
Los Olvidados, una de las películas de Luis Buñuel, y proyecta
tres filmes del actor “El Indio” Fernández. Por su parte, la Semana de
la Crítica escoge, fuera de competencia, tres películas de ficción y un
documental de Arturo Ripstein. Cannes le rinde homenaje al cine
mexicano.
Lejos estamos de lo que pasó en la década de los ochenta en
México: venta de numerosas salas públicas de exhibición, liberalización
del costo del boleto de cine y el apoyo a un cine de “ficheras”. No
obstante, muchos podrían argumentar que el cine mexicano sigue en
crisis. De eso no hay duda. Lo que sí es cierto es que el “nuevo cine
mexicano”, es decir, esta nueva etapa que se ha caracterizado por una
mayor calidad en la producción de películas, ha tenido un éxito en los
festivales internaciones y en el mercado extranjero.
Por eso, no es casualidad ver en las salas francesas, españolas
e incluso australianas festivales dedicados a los largometrajes
mexicanos, encontrar dvd’s nacionales con subtítulos en francés y saber
que alguno de nuestros directores ha ganado algún reconocimiento en el
extranjero.
Durante los últimos tres lustros varios directores han
desarrollado proyectos cinematográficos, recurriendo principalmente a
financiamiento privado y apoyo del gobierno, esto ha resultado en lo
que el cineasta Alejandro Pelayo señala como “un reposicionamiento del
cine mexicano a nivel internacional, no como una industria, pero sí
como un productor de películas de calidad”.
Tan sólo en los últimos cinco años, el promedio de producción
de películas en México ha sido de 30 largometrajes al año. Sólo en
2005, se produjeron 53. De este número, 65% de los filmes fueron
realizados con el apoyo de instituciones culturales o de gobierno. Sin
este apoyo, afirman los expertos, el número de producción se vería
reducido a tan sólo 15 largometrajes al año.
A pesar de que en nuestro país existen alrededor de 35 mil
salas cinematográficas, algo así como la mitad del total que hay en
Latinoamérica, el cine comercial hollywoodense es el gran ganador de lo
que se conoce como el “gran pastel” de la industria cinematográfica; se
lleva 90% del total de las entradas registradas, el resto se reparte
entre las películas mexicanas que tienen que competir con las
argentinas, cubanas y brasileñas. No obstante, mientras que en el
mercado internacional las producciones latinoamericanas llegan a
posicionar tres largometrajes en el “circuito internacional”, México
logra insertar un promedio de cuatro o cinco.
Pero ¿qué hizo que México se insertara en el circuito
internacional? Para algunos es el “valor de producción”, es decir,
invertir en mejorar la calidad técnica de la imagen y el audio, así
como la iluminación y la ambientación; lo anterior aumentó los costos,
ya que en 1980 hacer una película –de mala calidad– costaba alrededor
de 200 a 300 mil dólares, mientras que en los noventas el precio subió
de un promedio de 700 mil a 1.2 millones de dólares.
No es que estemos en una nueva época de oro del cine mexicano,
sino que estamos ante una nueva inserción en el mercado internacional
del cine nacional y esto le ha dado visibilidad a muchos directores
mexicanos, tanto que varios de ellos ya están en las “grandes ligas”
del cine estadounidense o europeo: Cuarón, Arau, Mandoki, Carrera o del
Toro, por mencionar algunos.
En los noventas, Como agua para chocolate le abrió las puertas a una nueva generación de cineastas. Danzón, en 1991, hizo que México regresara a Cannes. En 2000, es con Amores Perros
que México se inserta de nuevo a competir a nivel internacional. De
esta forma, desde 2003, Iñárritu se queda en Los Ángeles y dirige 21 gramos. Al año siguiente Cuarón hace sus maletas para Londres y filma Harry Potter y el prisionero de Azkabán. En cuanto a Carlos Reygadas, con su film Batalla en el cielo, se asoma esencialmente hacia Europa.
Ahora el reto es hacer que el nuevo cine mexicano tome otros aires y
salga de los temas clichés, de los prejuicios dedicados a criticar a la
clase media, del México seudomoderno y de los guiones condecci-style.
El desafío está en la temática. De eso depende que el “nuevo cine
mexicano” cumpla su promesa de continuar en las pantallas del mundo.